Villa Maravillas
Decimotercera etapa del tercer paseo

Villa Maravillas

Éramos niños con bozo incipiente
y cierta inclinación al gamberrismo,
amigos de invadir, por mor de la aventura,
la mansión que un mal tiempo declaró vacía.
Desde el gran ventanal
veíamos caer el sol entre los árboles
de aquel jardín inglés,
tras otra imperdonable tarde de novillos.
Yo entonces ignoraba
que aquel mundo cerrado
era idéntico al mundo transitado por Proust.
Con la edad y su estrago en la memoria
he dado en recordar que un día vislumbramos
la figura fugaz de una muchacha
que se vistió de blanco una tarde de mayo
a principios de siglo, aquejada quizá
por los ardores propios  de una damita en celo.
La casa y el jardín abandonados
fueron al fin borrados de la vista
por la piqueta y las excavadoras.
Pero, insistentes, las ensoñaciones
aún me siguen mostrando
esa blanca figura de los libros de Proust
que no vi cuando niño
—yo no nací, excusadme, “en la edad de la pérgola y el tenis"—.
Es mejor ignorar
esa ominosa mole que hoy se alza
en el lugar del sueño
con su chocante aspecto de gran hotel alpino,
donde habitan conspicuos integrantes
de nuestra oligarquía ciudadana,
tan hechos al regalo como mi damisela,
pero sin duda menos literarios.


Lugares comunes, asuntos propios (Julio Pérez Celada)

Uno de esos veranos hermosos, durante una incursión, casi una aceifa por tierras desconocidas, hacia los confines del oeste de la ciudad, encontramos la tapia de un lugar que resultó ser único, nutritivo y, a la larga, bastante conflictivo: estoy hablando de Villa Maravillas. Un nombre maravilloso para designar una huerta que era el paradigma del Paraíso en la Tierra, regada por una pequeña acequia, exuberante como un vergel; pronto, todo hay que decirlo, nos aficionamos a comer peras de agua y todo esto bien aderezado con un desparpajo no exento de cierta comicidad. Desde que supimos de su existencia, allí íbamos en tropel, casi a diario, importándonos un pito la presencia del guarda de la finca, elemento con el que tuvimos algo más que palabras; un buen día, el celoso cancerbero, bastante mosqueado por nuestra osadía (hasta entonces creíamos que el Paraíso no era propiedad privada) nos encañonó con su escopeta de cartuchos de sal gorda y, claro, aunque nosotros no queríamos bronca, se originó el conflicto.


Los santos días del pasado (Carlos de la Sierra)

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