Solar del Cid
Undécima etapa del segundo paseo

Mio Cid Ruy Díaz ya entraba en Burgos.
Llevaba consigo sesenta pendones. Salían a verle mujeres y hombres,
burgaleses y burgalesas en las ventanas están,
llorando muy tristemente, que grande era su dolor.
De sus bocas todos dejan salir esta exclamación:
“¡Dios, qué buen vasallo, ojalá tuviese tan buen señor!”.
Le invitarían de buen grado, pero ninguno se atrevía:
tan gran enfado tenía contra él el rey Alfonso.
Antes de hacerse de noche a Burgos llegó su carta
con muy grandes precauciones y firmemente sellada:
“Que a mío Cid Ruy Díaz nadie le diese posada,
y que aquel que se la diese, supiese muy ciertamente
que perdería sus bienes y aún los ojos de la cara;
y aún mucho más, los cuerpos y las almas”.
Gran pesar tenían por ello aquellas gentes cristianas;
escóndense de mío Cid, pues no osan decirle nada.
El Campeador se dirigió hacia su posada;
así que llegó a la puerta la encontró bien cerrada,
por miedo al rey Alfonso así lo habían dispuesto,
que si no fuese por fuerza que no se abriese a nadie.
Los de mío Cid llaman a gritos,
mas los de dentro por miedo no querían contestarles.
Espoleó su caballo mío Cid y llegó hasta la puerta,
sacó el pie del estribo y un fuerte golpe le dio;
mas no se abre la puerta, que estaba muy bien cerrada.
Una niña de nueve años a verle se le acercó:
—“Eh, Campeador, que en buena hora ceñiste espada!
El rey lo ha prohibido, anoche llegó su carta
con muy grandes precauciones y firmemente sellada…”. 

Poema del Cid

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