Plaza Mayor
Cuarta etapa del segundo paseo

Pues los portales de la Plaza, al anochecer de los días de invierno, no son menos agradables, por más que el gentío, las conversaciones y los incidentes pertenezcan a género muy distinto.
Por ese sitio y en esos días y a esas horas pasea la llamada gente del bronce, entre la que suele sobresalir alguna beldad con saya de percalina, mantón de lana, y peinado a lo Mazzantini. Los jóvenes dejan allí que se expansione algo libremente el ánimo, encienden un tanto las mal apagadas pasiones y reparten codazos, requiebros, indirectas y juramentos a diestro y siniestro. Allí están también las ‘clases’ del Ejército; esos sargentitos y esos cabitos tan aficionados al placer fácil y al jolgorio barato, todos con su puro y con su buen humor, tratando de conquistar a una jornalera, especialista en chalecos o a una ribeteadora de botines de caballero. Y el ruido de todas las pisadas y el murmullo de todas las conversaciones, como que adormecen, como que producen un sopor delicioso, a propósito para los sueños de oro o para las visiones extravagantes.
Las tiendas contribuyen con sus escaparates alumbrados, a que allí se vea claro, y con el entrar y salir de los compradores, a que las filas se rompan, la formación se desordene y surja de pronto un incidente de color vivo y gracia casi andaluza.


Burgos a vuela pluma (Anselmo Salvá)

Yo nunca me había sentido atraído por el dudoso encanto de aquel atávico mercantilismo, pero de niño me gustaba acariciar los surcos de la pana y probar en mis labios el frescor de la seda, el contacto sensual del terciopelo. Me gustaba también sentarme en el fondo de la tienda observar a los empleados —entonces había tres—, y a espiar al tío Daniel en su minúscula oficina acristalada, revisando facturas y albaranes con aquel aire apresurado y ausente. Frente a él había siempre un calendario desde el que una muchacha le sonreía con tenacidad. A menudo le veía levantar la vista y lanzar a través de los cristales una nostálgica mirada que, sobrevolando los mostradores de nogal, escapaba hacia el jardín situado entonces en el centro de la Plaza Mayor. Desde el interior del comercio era posible contemplar también las agujas de la catedral asomando por encima de los tejados, como dos capirotes de piedra. Al anochecer, la luz de las vitrinas hacía brillar el rostro de la gente que se detenía a mirar las telas, y era como si la película de la ciudad se proyectase al otro lado del cristal. Caras curiosas o inexpresivas, labios que se movían sin que fuera posible adivinar su mensaje, dedos que señalaban un instante antes de desaparecer para siempre. Mi padre iba de un lado para otro controlando existencias y alineando las piezas en las estanterías con minuciosa y obsesiva precisión. Cuando no había clientes, entraba en la oficina del tío Daniel; mientras, los empleados permanecían de cara al exterior, con la mirada perdida —siempre se sobresaltaban un poco si alguien hacía sonar la campanita de la entrada—. A veces todo se quedaba inmóvil y yo contemplaba el local como si fuera un museo de cera en el que, para ilustración de tiempos venideros alguien hubiera deseado reproducir un comercio de tejidos de una de tantas ciudades castellanas aburridas y oscuras.


Los límites del paraíso (Jesús Carazo)

Hace poco se recordaba en los papeles este entrañable rincón burgalés como una especie de hervidero donde se conocía, nunca mejor dicho, parte de la vida típica burgalesa, donde se podía comer, beber y abastecerse de comida y bebida, para llevar puesta o envuelta. Lugar de encuentro y centro neurálgico de la ciudad, daba a tres espacios de vital importancia en nuestro mapa urbano: la Plaza Mayor, la de Prim y, tras un pequeño rodeo, el Espolón.
Tiendas y escaparates, tabernas, bares y casas de comidas. Cuartos de lechazo, solomillos, carne de contra, escabeche, cabecillas, en los más ilustres establecimientos del comercio de alimentación burgalés. Una cuchillería, la de Ibáñez, y la más popular juguetería, Chapero, recorrían los dos espacios: la Travesía del Mercado y la calle Carnecerías, así llamada por el género que se expendía, carne cruda o guisada, donde sentaron sus reales (reales de los de entonces, que tenían un agujerito en el centro), la Cortesana, la Estéfana y sus sucesores los Benito, Francisco Miguel, Sotero casado, la Taberna de Ventura (sus hijos hoy son impresores) y David Lara “Larita”, expenduría de tripas secas, donde las iban a comprar los de la provincia para la matanza, diciendo “Voy a echar las tripas al Hondillo”, expresión muy burgalesa con muy variados significados.
Esto en cuanto al Comercio, porque a propósito del Bebercio, aparte de las tiendas de vino al por menor, las tascas, hay y había una fuente: la del Hondillo para los rarísimos abstemios que no creen que el agua solo sirve para lavarse. Y otro bebercio, éste ambulante, el de las lecheras que allí se reunían, las que traían en sus burros o carros los recipientes de zinc y vendían sus productos lácteos, leche pura aunque hiciera sospechar cualquier adulteración, dada su proximidad a la fuente. Pero aquella gente de Villatoro, Gamonal o cualquier barrio, en una gente muy honrada, que hacía de la calidad del producto de sus vacas el orgullo de un nombre y una familia. Para extender su clientela dan una “chorradita” de propina y así distinguían la parroquia fija de la que mariposeaba sin saber distinguir la buena de la mala leche.


Los Burgos perdidos (Virgilio Mazuela)

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