Paseo de la Isla
Octava etapa del cuarto paseo

El Paseo de la Isla sería un pobre jardín botánico, si no tuviera los elementos que le asisten al margen de lo vegetal. Con ellos se ha convertido en el recinto sugerente que encandiló muchas almas, como ocurre siempre que la belleza no cumple más cometido que el de ofrecerse a quien quiera disponer de ella. Pero esa belleza se quedaría roma, escasa y casi mísera si no fuera porque, insólitamente, en el lugar menos pensado, se yerguen airosos los Arcos de Castilfalé, unos arcos que jamás cumplieron función alguna que no haya sido la de poner una nota preciosa, en medio de apuntes románticos, a un parque que con ellos sí es lo que Burgos entero se sabe con la memoria del espíritu.

“Arcos de Castilfalé” Alfonso Salgado

Tómate un día, como si cogieras

una ilusión. Llévatelo a la calle.

Vete con él pegado a su detalle

serio y hondo, colmado de quimeras.

 

Con él, por el ocaso, a las afueras

de una tarde andariega. Por el valle.

Río abajo. A la Isla. Con el dalle

suavizador del sur por las riberas.

 

Verás como encandila los sentires

aquel remanso. Aquieta los temores.

Endulza el panorama arrobador.

 

Aquel jardín inmenso, cuando admires

el tiempo del color de los colores

adornando su suelo encantador.

Burgos en la distancia (Graciano Peraita)

La Isla era un delicioso paseo llano. Al fondo el puente de Malatos y bajo el puente paseaban majestuosamente los patos del barrio de San Pedro. Al efectuarse los trabajos para formar la rampa que se inicie la cascada de las sirenas, fueron cegados parte de los ojos del puente y sepultados los árboles del final del paseo.

En la cascada de las sirenas se elevaba una pequeña colina, cumbre del Himalaya para nuestros ojos infantiles. Estaba tapizada de césped y aparecía coronada por una glorieta de hierro en la que, y en días festivos, tocaba la música. A la entrada del paseo, donde en 1948 estuvo el Parque infantil, se establecía durante los meses del verano un tiovivo, movido abrazo. Y ¡qué evocadores eran aquellos viejos caballos de cartón, humildes y alegres que nos acogían con cierta gallardía y nos miraban con sus ojos inocentes y dulces como los nuestros, los de los niños! Su recuerdo me llena hoy de alegre tristeza.

La Isla se abría en hermosa calzada con andenes a uno y otro lado para los peatones. Los carruajes, dando una vuelta, entraban en el puente de Malatos; para los de a pie facilitaban la subida unos peldaños de piedra.

 la isla era obligado paseo en las tardes de invierno.

Memorias de una burgalesa (María Cruz Ebro)

Cuando ella llegó, la pasearon. Era una muchacha con trenzas largas. No parece de aquí. ¡Qué rubia, y sin pintarse el pelo! Casi milagroso. Así se pasea junto a su familia, bajando los ojos cuando la miran demasiado. ya se acostumbrarán, dice el padre. No, porque irá mejorando y cada año nos dará un susto, replica la madre. Así se puede pasear una niña, comentan otros. La niña va hasta el puente Malatos con sus tíos. Pareciera que la sacaban en procesión. El tío exalta su barba blanca como diciendo: “¡Qué familia!”. Y luego aparece la  rabia de la tía: “Veremos en qué acaba”. Pero más allá encuentran la ternura de los soldados que saludan al coronel, deteniéndose, firmes, como si pasara la custodia. ¡Esto sí que tiene gracia! ¡Qué vivos! Y la niña sigue su paseo flanqueada por los bigotes y las barbas, por los sombreros a la moda que su madre trajo de la capital, tan cubierta de miradas que si fuesen hormigas hubiesen devorado a la niña. Pueblo pequeño. Treinta mil habitantes, catedral y Cartuja. También los canónigos miran a los recién llegados. La madre conserva viejas amigas que se extasían al mirarla y luego deletrean los vestidos, los modales, la forma esbelta de llevar junto a su hombro una niña casi tan alta como ella. ¿No tiene los ojos azules? No. La niña se siente humillada. Eso echan de menos las amigas de su madre, el azul. ¿Pero no han visto que los tiene verdes? La abuela se lo dijo siempre, azules los tiene cualquiera, pero ¡verdes! El paseo de provincia no se acaba nunca. Cuántas inclinaciones de cabeza, cuántos sombrerazos, y esa forma de tocarse con el codo los hombres…

La niña ha paseado en grande. Está cansada. Han ido hasta el puente por donde pasaban los leprosos de la Edad Media. ¡Cuántos debían de ser! Han llegado hasta unos jardines vedados, hasta unos conventos. ¿Hubiera sido mejor venir en el coche? Sí. Los zapatos nuevos atenazan sus piececillos. Mejor volver. Al fin, ya la hemos presentado a lo mejor y a estas horas las monjas no nos recibirían. ¡Como que no! ¡Con dar tu nombre! El tío, halagado, mueve la cabeza feliz de la interrupción de su mujer. Hay que decirlo claro a estos que llegan: aquí, en este pueblo, el importante es él. Y regresan todos con la sonrisa sobre los labios, abriéndolos de cuando en cuando, como esas flores que se aprietan y ríen y hasta hablan…

Memoria de la melancolía (María Teresa León)

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