Palacio de Castilfalé
Octava etapa del segundo paseo

—¡Gracias a Dios!; la calle de Fernán González —exclamó Magda.

En la calle de Fernán González se alzaba el palacio de los marqueses de Rubena. Y era una calle estrecha en la parte vieja de la ciudad, al pie del castillo.

Las calles que fácilmente pueden cerrarse con puertas semejan arcones de recuerdos.

Históricos y bellos recuerdos guardaba la de Fernán González.

En lo antiguo se llamó de Vejarúa —baja respecto a lo que había encima del Castillo— y la llamaban también ‘el Rual’, porque en ella los caballeros se paseaban y cortejaban a las damas —que esto es ‘ruar’.

Allí estaban las casas más ilustres: la del conde Fernán González y la del Cid; allí estaba la ermita de Nuestra Señora de Vejarúa que hizo después iglesia don Juan II, a ruego de la venerable Dorotea.

Luego descendió la vida hacia las márgenes del Arlanzón. ‘Ruaron’ en el Espolón los jovenzuelos.

En la calle de Fernán González quedaron las casas de blasonadas puertas. Abandonadas. En ruinas.

Un pecadillo de amor (María Cruz Ebro)

Un día cualquiera, sobre las nueve de la mañana, a la altura del palacio de Castilfalé, frente al camarín de la Virgen de la Alegría, en la calle de Fernán González, los chiquillos en edad escolar del barrio nos dábamos cita para ir juntos al colegio. Cuando estábamos todos, y tras comprobar si había bajas, en pequeño tropel iniciábamos la marcha; de camino por la calle de Fernán González recogíamos a otros compañeros. Todos íbamos repeinados (bueno, casi todos), con gruesos goterones de agua cayendo de nuestras lampiñas y gordas cabezotas; pantalones cortos de viejos paños, reformados de otros más grandes; jerseys de punto hechos en casa (con cremallera o botones en la hombrera izquierda); zapatillas de lona azul con suela de cáñamo, o chirucas de lona marrón con suela de tocino. Los escasos libros de texto los llevábamos atados con cinchas y correajes diversos o con cuerdas de esparto; algunos tenían carteras muy viejas, y otros nada, ni siquiera libros. Casi todos, eso sí, portábamos, atado a la trabilla del cinto o del pantalón, un extraño recipiente para beber la leche que nos daban en el colegio; lo llamábamos tanque, era de aluminio y siempre estaba abollado. Más tarde, con la llegada de la modernidad, cambiamos el vaso de metal por otro de plástico duro, de colores desvaídos, pero éste se bajaba en cuatro días y ya no era lo mismo...

Los santos días del pasado (Carlos de la Sierra)

Hoy me siento en mejoría

de gracia, poder y pan.

¡Qué dilatado mi afán,

oh Virgen de la Alegría!

 

Hoy yo nada cambiaría

de cuanto adivino y es,

aunque parezca al revés,

oh Virgen de la Alegría.

 

Prolonga más este día

de bondades y belleza;

brilla en la fe que te reza,

oh Virgen de la Alegría.

 

Oh Virgen de la Alegría,

hoy me siento en mejoría.

Hoy yo nada cambiaría.

Prolonga más este día.

Al vuelo de tu gracia (Timoteo Marquina)

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