Cartuja de Miraflores
Séptima etapa del quinto paseo

Me entusiasma verla en todas las estaciones del año. Monumento entrañable, el centro de mi gravitación espiritual. Es el monumento más completo desde el punto de vista artístico. Con cada individuo, he visto una Cartuja diferente. Viéndola con un historiador la he visto desde un punto de vista político. Con un artista escultor: mensajes de belleza. Con un filólogo: un canto. Tiene muchos simbolismos esotéricos. Yo nunca sé la Cartuja que me voy a encontrar. Como filósofo, la conclusión es que: la realidad es inagotable.

(Luis Martín Santos)

Campana de Miraflores

 

Campana conventual de Miraflores

que parece que lloras cuando suenas.

Si tu llanto es verdad, ¿serán ajenas

tus lágrimas de plata a mis dolores?

 

No te inculpo, campana, porque llores,

que tus pesares son como mis penas:

suspiros de cristal y notas llenas

de gorjeos de blancos ruiseñores.

 

¡Llora, dulce campana! Dile al viento,

con tu claro gemido intermitente,

la inquietud de tu espíritu y la mía.

 

¡Concierta tus clamores con mi acento,

y elévese al Señor, humildemente,

—sollozo de mi Fe— tu melodía!

Hojas de acanto (Martín Garrido Hernando)

[...] la iglesia de Miraflores no es, pues, otra cosa sino un túmulo que la piedad de Isabel hizo para guardar los restos de su padre, de su madre y de su joven hermano, cuya prematura muerte de había dado la corona. Ya desde el exterior, se anuncia el edificio como un catafalco. No tiene campanario ni transepto; en la fachada ninguna ornamentación más que los blasones que se colocan sobre el paño mortuorio de los Reyes; la techumbre redonda como la cubierta de un féretro; en el frente, el crucifijo y todo alrededor cuarenta agujas de tres tamaños diferentes a la manera de tres filas de candelabros, rodeando el el fúnebre aparato. Pero entrad en esa estancia de la muerte y hallaréis todo el esplendor de las esperanzas cristianas. La promesa de la inmortalidad brota con los catorce haces de piedra que figuran en los ángulos del ábside y cuyas nervaduras, trabajadas a cincel, se suspenden en festones encantadores por encima del santuario. Diecisiete ventanas guarnecidas de cristales pintados extienden una claridad misteriosa y rica como la de la fe [...]

Una peregrinación al país del Cid (Federico Ozanam)

El San Bruno de Pereyra

 

Pálida luz proyecta la blancura

cartujana del hábito en la austera

palidez de la piel, como de cera,

y en las mejillas, nardos de clausura.

 

¿Imagen? Realidad. Se transfigura

la carne rediviva en la madera

y la madera se hace verdadera

encarnación del monje en la escultura.

 

Felipe Cuarto contempló esta cara

y estándola mirando y admirando,

—si no fuera cartujo, hablara— dijo.

 

Prodigio de expresión. Porque, si hablara,

no dijera San Bruno más hablando

que mirando en silencio al Crucifijo.

Temas y paisajes (Bonifacio Zamora)

Un ataúd de niebla entre pinares, aguja de agua en la carama fría. Bosque de soledad, sombra de acecho, roce de eternidad desangelada, hondo temblor de vidas en fervores, en santa unción; cartujo: ora et labora. Anúnciame a la virgen, voy de paso, anúnciame a la tabla, ayer flamenca, hoy color en el ocre castellano.

Anúnciame al reposo de la tumba, lo que queda de Juan en alabastro, y su esposa Isabel tan cincelada, anúnciame a la guardia del leones, anúnciame al retablo: sed de oro, vengo a hacer las Américas de paso, y quiero enriquecerme contemplando reyes, gentes de a pie, nobles, caballos, altorrelieves, escena milagrosa, pasión de la pasión santificada en un teatro de imaginería.

Anúnciame a ese Cristo que preside, partida en dos el alma por nosotros, y a punto de caer como un albatros.

Anúnciame a la oca, cisne, ánade que anida en las espinas de ese Cristo, y cría en la corona dos polluelos, y nos vuela un misterio de tres aves.

Anúnciame a San Bruno. Tengo prisa. Presiento la locura de la muerte, el espectro de Juana. Tengo miedo, Juana la Loca viene por la noche, apaga con un soplo las antorchas del funeral perenne de Felipe, y las llaves empujan las cancelas, y la paz se retira a su aposento, y se encierra en la celda más vacía, Juana, loca de amor, en la Cartuja de por qué lo dirán de Miraflores.

Paraíso de piedra con dos ríos y un bosque (Bernardo cuesta Beltrán)

Palacio de recreo, hoy es templo,

das la gracia el amor,

no se marchita esta flor,

es para humanos ejemplo.

 

A Juan e Isabel contemplo,

entendiendo mucho mejor,

la Historia, Reyes de honor,

y Castilla con su aliento.

 

Sus muros recogen contento,

del espíritu sustento,

ofrecen dicha al momento.

Burgos: Parnaso de Castilla (José Pablo Arévalo)

Juana contemplaba, apartando las blancas cortinillas de su silla de manos, aquellos atardeceres aún cálidos de otoño del año de gracia de mil quinientos seis, cuando bordeaba —como venía siendo su costumbre desde hacía dos meses— el camino sinuoso y umbrío de pinos y cipreses que conducía a la explanada dónde se alzaban, clamando al cielo, los pináculos de la Cartuja de Miraflores.

Echó hacia atrás el capirote de luto a la moda francesa, descubriendo sus blancas tocas, mientras traspasaba el umbral del pórtico de piedra.

A su pesar podía sentir los últimos olores del verano como caricias rezagadas y dulzonas, azotando su rostro lloroso, desafiando su dolor desgarrado de viuda, alborotando al hijo nuevo en sus entrañas.

Las primeras lluvias otoñales transminaban perfumes de tierra mojada, humedades de musgo y líquenes, hiedra y verduras de boj cubriendo maternales las piedras del monasterio, sus rejas altas y boscosas y, ojalá, su apesadumbrado corazón.

Dentro, junto al mausoleo de alabastro que su madre, la reina Isabel, mandó  labrar a las manos de orfebre del maestro Gil de Siloé para el descanso eterno de sus padres Juan e Isabel, muertos tras un dilatado y turbulento reinado en Castilla. En el silencio de la fría nave reposa y espera su rey y señor Felipe, hermoso y fiel, como nunca lo había sido en vida.

Extasiada en el reclinatorio, lo contemplaba durante horas, hasta que el sueño se compadecía de ella, logrando un fugaz descanso que le sirviera de alivio, para después ahuyentar esos oscuros pensamientos que la entristecían: el recuerdo de su amado desnudo ante los aceros y estiletes de los físicos, abierto, bello, helado, por obra y gracia de aquella cruenta y brutal costumbre flamenca de depositar las vísceras en ánforas de barro y embalsamar los cuerpos. Hasta su corazón, que sólo a ella pertenecía, fue enviado a Flandes, en una urna de cristal y oro, junto a su padre Maximiliano, junto a sus amigos y a los de su sangre.

“Juana de Castilla” (Soledad Medina)

El monje y la lluvia

 

En la celda hace frío y se dispone el monje

a saber por qué de tal manera hoy ama la lluvia.

Se levanta, se acerca la ventana y mira

las amapolas, hoy fuego apagado, casi marchito

resplandor resignado, y más enteras a su lado

espigadas espigas que confían su ser al aguacero.

Más lejos, cabalga su vista sobre llanuras

fértiles de campos florecidos, pero también de sueños

que no acierta a precisar, que no comprende bien.

Con paciencia dibuja ese campo en sus ojos, poco a poco

lo pinta, lo absorbe tenazmente, se confunde con él,

pero aún le queda un ansia no cumplida,

una insatisfecha aspiración que la lluvia tampoco satisface.

¿Qué será? El caso es que él ama la lluvia,

está seguro de eso, y del paisaje lo necesita todo,

exactamente todo lo que ve, las amapolas

que ayer eran fuego y hoy huelen a ceniza;

el castaño que tan sólo anteayer parecía sin vida

y hoy deja que sus hojas se han el abrigo del viento;

la lejanía que la lluvia barre favoreciendo brillos

de tornasol austero, de pizarra suavemente lijada

para obtener de ella la mate exuberancia

de la renuncia al mundo, de cierto recogimiento

que a su vez es presencia, entrega y armonía;

ese distante rumor del mar de los trigales

que silban sus canciones, que unas sobre otras

se rozan suavemente sugiriendo oleajes que la lluvia

coordina, y que la vez entierra algunas veces.

Una razón para vivir (Ángel Rupérez)

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