Calle de Santa Cruz
Tercera etapa del quinto paseo

Llegaste, ya mujer, asomada a un escote sin barandas, mostrando los redondos frutos de una primavera que te había sido especialmente favorable.

Llegaste sobre tus dos piernas, que enseñabas hasta mediado el fémur; tus piernas que, sin duda, eran para enseñadas; tus piernas, orgullo de un solo tornero y pasión de todos los demás.

Llegaste dándole picotazos de paloma ardiente a un percherón con gomina en la cola de caballo, y sentí miedo por ti, sentí miedo de que, en un descuido, aquel percherón pudiera hollar tus delicadas escarbaderas.

Llegaste al bar Santa Cruz acompañada de aquel pelinegro, al bar Santacruz, en la calle del mismo nombre, y pediste un par de botellines de Coca-Cola light y una baraja. Después, te dirigiste con tu pareja a un velador situado justo debajo del aparato de televisión, en la esquina donde, a menudo, confluían todas las miradas. Allí te sentaste enfrente de tu amigo, al que te comías con los ojos en tanto que él iba repartiendo los naipes. Luego, al compás de la música de los “Dire Straits”, las piernas cruzadas y pegadas al taburete, acometiste la danza de la quillotra, en la que acabamos metiéndonos todos.

Llegaste al bar Santa Cruz, en la calle del mismo nombre, en el barrio, pobre y antañón, de Santa Clara; llegaste para dar envidia al feligrés por lo bien alimentados que estaban tus diecisiete añitos, por lo bien que debían de habérselo pasado tus papás forjándote como la octava o novena maravilla del mundo.

Llegaste procedente de la otra orilla, la orilla de la city y de los pecados capitales; viniste para mostrarnos todas nuestras carencias, para que se nos enarcase la frente y se nos enaguazara la boca; para perturbar, en fin, la paz del obrero. ¡Gracias!, en nombre del colectivo.

“Tiempo de adviento” (José María Izarra)

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