Calle de Santa Águeda
Primera etapa del cuarto paseo

Pocas cosas podían distraer nuestra atención cuando jugábamos a tirarnos rodando por la Cuesta de la Ballena; pero cuando oíamos el repiqueteo inconfundible de un cincel que golpeaba la piedra, las risas se apagaban y nuestra mente viajaba hacia el país de la fantasía. Hipnotizados por el poder persistente del martilleo, sólo comparable al delicado son de una sinfonía, los niños nos dejábamos envolver en la tenue magia de su melodía.La deliciosa música del hierro abriendo surcos en el corazón de la piedra al encuentro de la figura capturada, era el pentagrama que nos conducía hasta el alma de la belleza. Desde el umbral del taller admirábamos, poseídos de un cierto respeto, el prodigioso proceso de dotar de vida a la piedra inerme. Las paredes del estudio estaban abarrotadas de innumerables bocetos pintados al carbón y a sanguina; modelos en escayola, y aquí y allá multitud de cabezas, manos, torsos... se respiraba el temor irracional que emana de las ermitas, erizadas sus paredes de exvotos. Sobre mesas, sobre peanas, había numerosas esculturas, unas acabadas, otras en fase de reposo... El ambiente estaba bañado del polvillo de la crema de miles de piedras pulverizadas, habitado del espíritu invisible de la piedra; y las estatuas, ya vivas y pulidas en el nácar deslumbrante de la luz se ocultaban bajo su propio sudor.

Los santos días del pasado (Carlos de la Sierra)

Ese que oís, de antaño ya Maese,

melena sobre el ala del sombrero,

tiene el alma de niño vocinglero,

coronador del mundo si pudiese.

 

Tiradle de la lengua. Que no cese

su ronca voz, nacida entre el acero,

y veréis si derriba un desafuero

o alza una catedral, aunque le pese.

 

Medio siglo en sus manos y aún recrea,

nigromante del oro, equilibrista

del punto y el relieve en miniatura.

 

Cartujo, capitán, o lo que sea,

si en un claustro, ya abuelo, pasa lista,

medidle con dos hijos de estatura.


Burgos, tierra y hombres (Rafael Núñez Rosáenz)

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