Arco de Santa María
Primera etapa del tercer paseo

La ciudad se miraba en el arroyo, que alguien llamó Arlanzón, y se encontraba guapa. ¡Dios mío, quién tuviera otra vez quince abriles como ella! A sus pies el alfoz se volvía vertiginosamente reino: reino para la eternidad, que es el olvido. Novia del Norte, ojito derecho de la Estrella Polar, barbacana de Europa frente al sonido oscuro de tambores, frente al desierto en que la Luna es un alfanje... Burgos... Leonor había venido de Inglaterra, y Constanza de Suabia.
Y la ciudad creció, se hizo mujer un día: la plus belle pour aller danser. Mientras tanto, los tambores habían cruzado el mar, y ya no tenía sentido guardar los diamantes más bellos de la tierra en un saco de cuero. Burgos, la novia del Norte, necesitaba un estuche de oro, una máscara de marfil, un antifaz de seda. Para mirar al Sur sin que el Sur lo notara; para volver a enamorarse de su alfoz, que había crecido tanto. Y sobre todo, ¡ay niña!, para que el Sur la viera…
El antifaz, el estuche, la máscara... ¡Qué difícil encontrar algo a la altura de aquella niña que se soñó ciudad! ¡Qué problema insoluble el traje para su primera noche de mujer!
Acaso fue la Estrella Polar, el hada madrina, quién diseñó esta Puerta del Sur, este maravilloso Arco de Santa María, digno, como Antoñito el Camborio, de la emperatriz que guarda detrás de sus almenas.

Puerta del Sur (Tino Barriuso)

Al salir de Burgos, suponiendo que alguna vez salga usted de Burgos, atravesará usted un puente, tendido sobre no sé qué río, porque no habiendo visto el río no he podido preguntarle el nombre. Atravesará usted un puente; es todo lo que puedo decirle.
A la mitad de este puente vuelva usted de la cabeza, señora, y lance una última mirada sobre la reina de Castilla la Vieja. Tendrá ante sus ojos su puerta más hermosa, monumento arquitectónico del Renacimiento, erigido en honor de Carlos V, y que ostenta las estatuas de Nuño Rasura, de Laín Calvo, de Fernán González, de Carlos I, del Cid y de Diego Porcelos.
Después, a su derecha, y a la derecha de aquella puerta, verá usted erguirse, como dos saetas de piedra, los campanarios de la admirable Catedral, que parecen alzarse en la ruta del viajero para iniciarle en las maravillas que va a visitar.
Abarcará usted, finalmente, con una mirada, el conjunto de la ciudad, situada en anfiteatro, y como al contemplar los circundantes valles verdegayos el recuerdo la transportará a un pasado reciente, dirá usted adiós a las fuentes murmuradoras, a las frescas umbrías, a las montañas pintorescas de Guipúzcoa, porque se dispondrá usted a atravesar los pardos arenales y los horizontes ilimitados de Castilla la Vieja, en donde le producirán gran sorpresa y asombro tal o cual roble raquítico y algún olmo achaparrado que encontrará por azar.

De París a Cádiz (Alexandre Dumas)

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